
La combinación de condiciones meteorológicas extremas y una vegetación altamente inflamable fue el principal detonante de los incendios forestales récord registrados en agosto de 2025 en el noroeste de la península ibérica, según concluye un estudio científico internacional publicado en la revista Global Change Biology. Esta región, que representa apenas un 2% del territorio de la Unión Europea, concentró en ese solo mes más del 50% de la superficie total quemada en Europa entre enero y agosto, unas 540.000 hectáreas.
La investigación ha sido liderada por el Grupo de Modelización Atmosférica Regional de la Universidad de Murcia y cuenta con la participación de centros como el CSIC, la Universitat de València, la Generalitat Valenciana, la Misión Biológica de Galicia y el Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad, entre otros organismos científicos.
Una ola de calor sin precedentes
El análisis concluye que los grandes incendios no fueron un episodio aislado, sino que coincidieron con una ola de calor excepcional que se prolongó durante 16 días en el suroeste de Europa, generando unas condiciones extremas muy favorables para la propagación del fuego. Según explica Marco Turco, investigador de la Universidad de Murcia, este escenario provocó un aumento histórico del Índice Meteorológico de Peligro de Incendios, que alcanzó en agosto “el valor mensual más extremo registrado en el noroeste peninsular entre 1985 y 2025”.
No obstante, el estudio subraya que el clima por sí solo no basta para explicar la magnitud de los incendios. Para comprender su intensidad es imprescindible analizar el tipo de vegetación afectada.
El papel decisivo del paisaje
“El trabajo deja claro que los incendios extremos dependen de condiciones meteorológicas extremas, pero también del paisaje”, señala Juli G. Pausas, investigador del CSIC en el Centro de Investigaciones sobre Desertificación. Según el estudio, matorrales y pinares ardieron de forma desproporcionada respecto a su presencia en el territorio, actuando como combustible especialmente eficaz para el fuego.
Por el contrario, los bosques autóctonos de roble mostraron una mayor resistencia. “Se quemaron menos de lo que cabría esperar si toda la vegetación respondiera igual al fuego”, explica Cristina Santín, investigadora del Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad. El análisis también descarta que los espacios naturales protegidos ardieran más que las zonas no protegidas, una afirmación que fue recurrente en el debate público durante el pasado verano.
Prevención y seguridad frente a incendios extremos
Los investigadores coinciden en que, ante el escenario de cambio climático, es necesario replantear las estrategias de gestión forestal. Para evitar que veranos como el de 2025 se conviertan en la norma, apuestan por pasar de una política reactiva a una prevención proactiva, integrando la resiliencia frente a los incendios como una cuestión de seguridad nacional.
“Es necesario actuar de forma coordinada sobre el riesgo, el peligro, la exposición y la vulnerabilidad”, concluye Dominic Royé, investigador de la Misión Biológica de Galicia. Solo mediante políticas de mitigación y adaptación, advierten los científicos, será posible reducir el impacto de los grandes incendios forestales en el futuro.
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