El Delta del Ebro, en el punto de mira: el CSIC investiga cómo los contaminantes agrícolas afectan a su fauna

El Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC) analiza plaguicidas y contaminantes industriales en el Delta del Ebro para proteger murciélagos, flamencos y gaviotas, y avanzar hacia una producción de arroz más sostenible.

El Delta del Ebro, en el punto de mira: el CSIC investiga cómo los contaminantes agrícolas afectan a su fauna

El equilibrio entre producción agrícola y conservación ambiental vuelve a situarse en el centro del debate científico. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), a través del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC) de Barcelona, analiza el impacto de plaguicidas y contaminantes agrícolas en el Delta del Ebro, uno de los espacios naturales más valiosos del Mediterráneo.

El arroz, junto con el maíz y el trigo, es uno de los pilares de la alimentación mundial. En España se produjeron 338.000 toneladas en 2023, según el Anuario de Estadística del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Este cultivo ocupa unas 55.000 hectáreas y es esencial para la economía de territorios como Tarragona. Sin embargo, su desarrollo plantea un desafío ambiental evidente en ecosistemas protegidos.

Investigaciones previas ya habían encendido las alarmas. En 2010 se detectaron altos niveles de contaminantes industriales y plaguicidas en el Delta del Ebro. En 2017 se identificaron hasta 35 plaguicidas distintos, 17 de ellos ya prohibidos y en su mayoría vinculados al cultivo del arroz. Además, en los sedimentos del delta se han encontrado 24 tipos diferentes de compuestos químicos.

La ecotoxicóloga Ana López Antía lidera uno de los equipos que estudia cómo estos productos afectan al conjunto del ecosistema. Según explica, cuando la Unión Europea autoriza un plaguicida, evalúa su impacto en determinados taxones como aves u organismos acuáticos, pero no analiza de forma integral los efectos combinados de múltiples sustancias ni las interacciones ecológicas. “Un plaguicida no se usa de manera aislada, sino junto a otros, y los animales están expuestos a mezclas cuyo efecto conjunto no se evalúa”, advierte.

A través del proyecto europeo Syberac, el equipo investiga el flujo de contaminantes entre medios terrestres y acuáticos utilizando a los murciélagos del Delta y su red trófica como modelo. Estos mamíferos presentan características biológicas muy diferentes a las especies tradicionalmente empleadas como referencia, como las musarañas. Su capacidad de vuelo, su elevada demanda energética y la fina piel de sus alas —altamente irrigada— podrían favorecer la absorción de sustancias tóxicas. Además, la mayoría de especies solo tiene una cría al año, lo que aumenta su vulnerabilidad.

“Investigamos el arroz y los murciélagos porque es evidente que hay un vacío de conocimiento y el proyecto puede ayudar a evaluar los riesgos”, subraya López Antía. El objetivo es evitar situaciones como la vivida con los neonicotinoides, insecticidas ampliamente utilizados durante una década y prohibidos en 2018 por la Unión Europea tras demostrarse su impacto negativo sobre los polinizadores.

Pero los plaguicidas no son la única amenaza. Investigaciones lideradas por María Dulsat Masvidal y Silvia Lacorte han detectado en polluelos de flamenco altos niveles de sustancias perfluoroalquiladas (PFAS), conocidos como “químicos eternos” por su persistencia ambiental. Estas sustancias pueden bioacumularse y biomagnificarse a lo largo de la cadena trófica.

En el caso de los flamencos del Delta del Ebro, los niveles de PFOA —un tipo de PFAS— son comparables a los registrados en aves que viven junto a fábricas de productos químicos industriales. Los investigadores analizan ahora si el origen de estos compuestos está vinculado a plaguicidas u otras fuentes contaminantes presentes en el entorno.

Asimismo, se han hallado hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), asociados a la combustión incompleta de materia orgánica, posiblemente procedentes de maquinaria agrícola o quema de biomasa. También se han detectado trazas históricas de insecticidas organoclorados prohibidos, como el DDT.

Las gaviotas residentes en el delta son otro bioindicador clave. El equipo realiza desde 2009 un seguimiento anual de contaminantes orgánicos persistentes en huevos de gaviota, en el marco del Convenio de Estocolmo. Los análisis muestran que la gaviota de Audouin, de dieta piscívora, presenta mayores concentraciones de contaminantes que la gaviota patiamarilla, más oportunista y con alimentación variada. De nuevo, destacan las elevadas concentraciones de PFAS.

Para determinar el origen de estos compuestos, los científicos han colaborado con pescadores locales y analizado sardinas y anchoas de la zona. Los modelos generados indican que la dieta podría explicar las concentraciones acumuladas en los huevos.

A pesar de los avances, la fuente exacta de los PFAS detectados sigue siendo desconocida. Los equipos del IDAEA-CSIC continúan analizando aguas, suelos y sedimentos para esclarecer su procedencia. El objetivo es claro: proteger la biodiversidad del Delta del Ebro y avanzar hacia una producción arrocera sostenible que no comprometa la salud de los ecosistemas ni el futuro de sus especies.

Fuente: CSIC

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